2.4.06

Hacia el olor de la palabrería


Al penetrar en el infierno literario, va usted a conocer sus artificios y su veneno; sustraído a lo inmediato, caricatura de usted mismo, ya no tendrá más que experiencias formales, indirectas; se desvanecerá usted en la Palabra. Los libros serán el único tema de sus charlas. En cuanto a los literatos, ningún provecho sacará de ellos. De esto sólo se dará cuenta usted demasiado tarde, tras haber perdido sus mejores años en un medio sin espesor ni sustancia. ¿El literato? Un indiscreto que desvaloriza sus miserias, las divulga, las reitera: el impudor -desfile de reticencias- es su regla; se ofrece. Toda forma de talento va acompañada de una cierta desvergüenza. No es distinguido más que el estéril, el que se borra con su secreto, porque desdeña exponerlo: los sentimientos expresados son un sufrimiento para la ironía, una bofetada al humor.
***

Escribir libros no deja de tener alguna relación con el pecado original. Pues ¿qué es un libro, sino una pérdida de inocencia, un acto de agresión, una repetición de nuestra caída? ¡Publicar sus taras para divertir o exasperar! Una barbaridad para con nuestra intimidad, una profanación, una mancilla. Y una tentación. Le hablo con conocimiento de causa. Por lo menos, tengo la excusa de odiar mis actos, de ejecutarlos sin creer en ellos. Usted es más honrado: usted escribirá libros y creerá en ellos, creerá en la realidad de las palabras, en esas ficciones pueriles e indecentes. Desde las profundidades del asco se me aparece como un castigo todo lo que es literatura; intentaré olvidar mi vida por miedo de referirme a ella; o bien, a falta de alcanzar el absoluto del desengaño, me condenaré a una frivolidad morosa. Briznas de instinto, empero, me obligan a agarrarme a las palabras. El silencio es insoportable: ¡qué fuerza hace falta para establecerse en la concisión de lo Indecible! Más fácil es renunciar al pan que a las palabras. Desdichadamente la palabra resbala hacia la palabrería, hacia la literatura. Incluso el pensamiento tiende a ello, siempre listo a expandirse, a inflarse; detenerle por medio de la agudeza, reducirlo a aforismo o a donaire, es oponerse a su expansión, a su movimiento natural, a su ímpetu hacia la disolución, hacia la inflación. De aquí los sistemas, de aquí la filosofía. La obsesión del laconismo paraliza la marcha del espíritu, el cual exige palabras en masa, a falta de reiterar, de desacreditar lo esencial, es que el espíritu es profesor. Y enemigo de los vivos... de espíritu, de esos obsesos de la paradoja, de la definición arbitraria. Por horror de la banalidad, de lo «universalmente válido», se atarean en el lado accidental de las cosas, en las evidencias que no se imponen a nadie. Prefiriendo una formulación aproximada, pero picante a un razonamiento sólido, pero soso, no aspiran a tener razón en nada y se divierten a expensas de las «verdades». Lo real no se sostiene: ¿por qué deberían tomar en serio las teorías que quieren demostrar su solidez? Están paralizados completamente por el temor de aburrir o de aburrirse. Este temor, si lo padecéis, comprometerá todas vuestras empresas. Intentaréis escribir; de inmediato se erguirá ante nosotros la imagen de vuestro lector... Y dejaréis la pluma. La idea que queréis desarrollar os fatigará: ¿para qué examinarla y profundizarla? ¿No podría expresarla una sola fórmula? ¿Cómo, además, exponer lo que uno ya sabe? Si la economía verbal os obsesiona, no podréis leer ni releer ningún libro sin descubrir en él los artificios y las redundancias. Tal autor que no cesáis de frecuentar acabáis por verle hinchar sus frases, acumular páginas, y algo así como desplomarse sobre una idea para aplanarla, para estirarla. Poema, novela, ensayo, drama todo os parecerá demasiado largo. El escritor tal es su función,-dice siempre más de lo que tiene que decir: dilata su pensamiento y lo recubre de palabras. De una obra sólo subsisten dos o tres momentos: relámpagos en un fárrago. ¿Le diré el fondo de mi pensamiento? Toda palabra es una palabra de más. Se trata, sin embargo, de escribir: pues escribamos... engañémonos los unos a los otros.
E. M. Cioran
Fragmentos de Carta sobre algunas aporías, en La Tentación de Existir (1972)

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